Por qué dejo de colaborar con la SER y los demás medios del Grupo PRISA

Eric SERAprendí muchísimo más escuchando la SER durante mi adolescencia que en los decepcionantes años de universidad que estuve en la Facultat de Ciències de la Comunicació de la Universitat Autònoma de Barcelona. Con once o doce años estaba enganchado a La Gramola de Joaquín Guzmán, en M80 Radio, también del Grupo PRISA. Más tarde, descubrí Hora 25 con Carlos Llamas y su tropa de tertulianos. Escuchaba sus voces desde la cama, en la absoluta oscuridad, y aprendí con ellos qué era la crítica y también qué era una línea roja en periodismo. Cuando hablaban del PP o de las guerras promovidas por Occidente uno sentía pasión por el periodismo. Cuando se ponían todos a criticar de forma uniforme a los movimientos independentistas de Catalunya o del País Vasco, aunque muy joven por aquel entonces, ya me daba cuenta de que algo pasaba, de que era realmente extraño que en ese tema todos estuvieran de acuerdo cuando era obvio que los catalanes o los vascos también tenían sus razones.

Gracias a la radio y, en concreto, gracias a la SER, me enamoré del periodismo. Desde los 13 años lo tuve clarísimo. Yo quería ser periodista. Los sábados por la tarde iba a los estudios de Ràdio Barcelona a ver cómo se hacía la radio en directo. Los presentadores me veían como el niño que era, pero de vez en cuando me invitaban a sumarme a la mesa y yo decía tres palabras con la voz temblando y durante días no podía dejar de pensar que mi voz había formado parte de este entramado de comunicación tan mágico que es la radio. Esa es mi relación, idealizada por supuesto, que desde siempre tuve con Ràdio Barcelona y la Cadena SER. El Terrat, Andreu Buenafuente, Iñaki Gabilondo, Carlos Quílez, Gemma Nierga, Rosa Badia… ¿qué joven periodista no quisiera ser como ellos y ellas?

Con los años, los ídolos dejan de ser ídolos para convertirse en compañeros de profesión. El ejercicio del periodismo es un campo de batalla en el que las luchas y el cuerpo a cuerpo para defender la libertad de expresión y denunciar las injusticias que habitualmente se silencian son constantes y desgastan más de lo que cualquier oyente, lector o espectador pueda imaginar. A lo largo de mi carrera como periodista, que empecé a los dieciséis (en 2002) en Ràdio Contrabanda y que me ha llevado a colaborar con todo tipo de medios de comunicación locales, estatales e internacionales, he descubierto que, hoy más que nunca, la independencia periodística es lo que determina la calidad de los contenidos y, por lo tanto, la salud democrática de una sociedad.

En 2012 empecé a colaborar con Ràdio Barcelona semanalmente. Ya había hecho radio anteriormente, incluso dirigido y presentado un programa diario en una radio local pero lo de entrar en Ràdio Barcelona pensé que era la confirmación de que el esfuerzo y la pasión que le había puesto al asunto habían valido la pena. Os podéis imaginar lo feliz que estaba. Hacía radio en los mismos estudios a los que iba de adolescente a ver cómo se hacía un directo. El olor de la planta -2 del edificio de la calle Caspe número 6. El color amarillo de los micrófonos. SER, en azul. Y el sentimiento de empezar en una de las cunas del periodismo crítico de nuestros días (con muchos matices, lo sé, pero hace quince años muy pocos dudaban de que la SER y El País -ambos Grupo PRISA- fueran la referencia periodística del estado español).

Pero a medida que pasaban los meses y el Grupo PRISA se convertía en una empresa controlada por bancos y fondos de inversiones extranjeros, los principales medios del grupo iniciaron un decadente proceso hacia la institucionalización de la precariedad laboral (hablad con cualquier periodista del grupo y que os explique), el sesgo informativo en cuestiones económicas y políticas (si los propietarios son banqueros e inversores, os podéis imaginar por dónde van los tiros) y la devaluación periodística de sus principales marcas, como la SER o El País.

A esto se le han sumado en los últimos meses episodios que me han hecho replantear mi colaboración con los medios del Grupo PRISA. Destaco tres entre muchos otros: la persecución visceral y el ataque propagandístico continuado a Podemos desde los editoriales de El País, el silencio sobre los mensajes del Rey Felipe y la Reina Leticia a su ‘compi yogui’ imputado por las tarjetas black de Caja Madrid y el ataque de ira de Juan Luis Cebrián a raíz de la publicación de unas informaciones que lo vinculan con los papeles de Panamá. Cebrián ha echado de la SER al director de eldiario.es, uno de los medios que publica la información sobre Cebrián, y ha forzado a sus periodistas a no asistir a tertulias en medios como la Sexta o Antena3 (que también publicaron la información). Hasta aquí podíamos llegar, señor Cebrián.

Cebrián representa lo peor del sector periodístico. La podredumbre de esta profesión. Los males de unos medios controlados por la banca y en los que los periodistas somos títeres explotados sin voz ni voto. Hasta aquí, Cebrián. Usted es una caricatura de todos los males que afligen el periodismo hoy en día. Espero que también sea usted el síntoma de la decadencia de un grupo que ha traicionado a sus periodistas y a sus oyentes, lectores y telespectadores. Deseo con todo mi corazón que algún día pueda volver a pisar Ràdio Barcelona o que me sienta orgulloso de publicar en El País. Pero he tomado la decisión de no volver a hacerlo hasta que usted deje el grupo y exista una alternativa en la que los periodistas y el periodismo sean los protagonistas, y no sus intereses económicos o los de los accionistas mayoritarios del grupo.

Hasta aquí, Cebrián, hasta aquí, que en la profesión aún nos queda orgullo.

Èric Lluent, periodista (Barcelona, 1986)

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Carta de un europeo a los refugiados que agonizan a las puertas de Europa

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Queridas hermanas y hermanos,

¿Qué decir? En estos momentos se me cae la cara de vergüenza por ser europeo, por formar parte de una unión de naciones que está dando la espalda de forma tan vil a la buena gente que viene de Siria (y de tantos otros países, no olvidemos) por mero instinto de supervivencia. Nosotros también huimos de la barbarie no hace tanto. Yo nací en Barcelona, ciudad bombardeada por la aviación italiana dirigida por Mussolini, quien, por aquel entonces -finales de los ’30 del siglo XX-, colaboraba con el ejército fascista del general Francisco Franco que se sublevó contra la República democrática de España y que acabó tomando la ciudad de Barcelona en los últimos días de la Guerra Civil. En enero y febrero de 1939 miles de catalanes y españoles huyeron hacia Francia, convirtiéndonos entonces en lo que sois vosotros hoy en día: refugiados de guerra.

Los europeos deberíamos conocer muy bien el sufrimiento que generan las guerras, pero parece que ya se nos olvidó. Quizá ese es uno de los principales problemas de la situación actual, que en Europa se habla de las guerras como algo del pasado, sin que los más jóvenes (e incluso los mayores, por ganas de olvidar) entiendan que hay millones de personas sufriendo el horror de un conflicto bélico a la vuelta de la esquina. ¡Que tan propio del capitalismo esto de no mirar nunca hacia atrás! Si el dinero y las oportunidades de negocio son cosa del futuro, ¿por qué deberíamos mirar hacia el pasado? Hablando de dinero, ¿se imaginan la cara de felicidad que se les debe poner a los magnates de la multinacionales armamentísticas cuando intuyen la posibilidad de una guerra? La ley de la oferta y la demanda, dice el credo de las sociedades occidentales.

Tan sólo os quiero decir que se me retuerce el estómago al pensar en lo que os estamos haciendo pasar a las puertas de Europa. Que siento nauseas cada vez que leo, que veo o que me cuentan en primera persona vuestro absurdo sufrimiento. Que si tuviera la fuerza y la valentía necesaria me enfrentaría contra las policías europeas que os reprimen y persiguen y contra los gobiernos que construyen muros, aunque lo más probable es que acabara unos cuantos años en la cárcel acusado de terrorismo. Que cada vez que leo detalles como que os quitamos vuestras pertenencias y vuestro dinero al dejaros entrar en ciertos países o que vamos a enviar fragatas de guerra para vigilar el mar en lugar de enviar flotas de rescate, cada vez que entiendo que realmente la estrategia es cerraros las puertas y expulsaros de Europa, siento una profunda vergüenza difícil de describir. Y, como yo, hay millones de europeos a los que les entran ganas de vomitar al pensar que el mar donde nos bañamos cada verano está manchado de vuestra sangre inocente.

¿Por qué no hacéis nada para forzar a vuestros gobiernos y a la Unión Europea para que nos abran las puertas?, os preguntaréis. La respuesta es dura pero sencilla: la voluntad democrática de los europeos, como la de tantos ciudadanos de este planeta, la voz del pueblo, ya no cuenta, si es que alguna vez ha contado. Con el impulso de la Unión Europea, la banca alemana, el gobierno alemán y las instituciones políticas y financieras europeas que tan sólo representan a los más poderosos son los que deciden sobre cuestiones importantes, como lo es, sin duda, el caso de la llegada de refugiados de guerra. Cierto es que hay grupúsculos fascistas de ultra derecha que se oponen a vuestra llegada y medios de comunicación de masas que están normalizando un lenguaje con tintes racistas, llenos de prejuicios y siembran la intolerancia. Pero, a pesar de todo, los que derrocaríamos cualquier muro y os abrazaríamos como a un hermano o hermana más, por suerte, somos mayoría. Los derechos humanos más elementales no se negocian. No se dirimen en un debate repleto de intereses económicos y geopolíticos. Los derechos humanos o se respetan y se ejercen o se violan. Y Europa ha decido violarlos.

En esta situación desesperada, la demagogia es el camino fácil. Los europeos no somos el diablo, igual que tampoco vosotros lo sois. Simplemente, somos los de abajo que seguimos las normas que nos imponen los de arriba. Y de “los de arriba” los hay tanto en Europa como en vuestros países. Para ellos, somos números, estadísticas, algo muy similar a los presupuestos de una empresa. Europa se ha convertido en una gran fortaleza, con altos y peligrosos muros para que buena gente como vosotros no podáis entrar. Hay que derribar estos muros. Pero solos, ni vosotros ni nosotros lo conseguiremos. Antes, hay que derribar los muros invisibles que nos separan a todos nosotros, que separan a la gente común de Europa y de los Países Árabes, siempre con ese miedo extraño que nos tenemos los unos a los otros. Un miedo que hace que para los de arriba sea aún más fácil construir los muros físicos que estos días se erigen en la periferia europea.

Empecemos a derribar los muros con nuestras ideas, con el diálogo, con la única bandera que nos puede unir a todos: la de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Construyamos la democracia del futuro, construyamos un mundo mejor desde hoy mismo, basándonos en el respeto a la diferencia, en el conocimiento, en la reflexión pausada, en el fracaso de los prejuicios sobre los que no son exactamente como “nosotros”. Cambiemos el significado de “nosotros” para que en el mundo ya no existan “los otros”. Traduzcamos textos, tejamos redes interculturales, conectémonos por las redes sociales, hablemos libremente, derribemos el peor de los muros: la ignorancia.

A todo esto, miles de refugiados ya han fallecido, muchos otros han desaparecido y tantos otros estáis en medio de la nada, malviviendo, a la espera de que Europa os muestre su supuesta humanidad y os abrace. Ante esta situación somos tantos los europeos que nos sentimos tan impotentes que tan sólo se me ocurre deciros una última cosa: perdón.

Èric Lluent, periodista (Barcelona, 1986)

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Portbou (05/12/2015)

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Fotografies: Èric Lluent

Localització: Portbou

Data: 5 de desembre 2015

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Perder el miedo, la mayor derrota para el terrorismo

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Perdamos el miedo de una vez por todas. El miedo a morir en manos de un terrorista, sí. Pero también el miedo a pensar más allá. Perdamos el miedo a los que tienen la tez de un tono distinto (sea más clara o más oscura). Perdamos el miedo y el rencor a los que nos miran extraño porque también sienten miedo y rencor hacia nosotros. Perdamos el miedo a preguntarnos por qué estos chicos jóvenes deciden inmolarse en un acto tan vil e inútil. Perdamos el miedo a reconocer que Occidente ha matado a muchos niños, gente mayor e inocentes de toda índole. Perdamos el miedo a reconocer que en muchos países árabes las libertades son restringidas a diario y sus gentes torturadas en nombre de una religión. Perdamos el miedo a reconocer que esto también pasa en Europa y en Norteamérica, quizás en menor medida o de forma más disimulada, pero pasa. Perdamos el miedo a pedir perdón, por la parte que a cada cual le toque.

Perdamos el miedo y hablemos con nuestros amigos musulmanes. Perdamos el miedo y hablemos con nuestros amigos cristianos, ateos, agnósticos, hindúes, budistas. Perdamos el miedo a lo distinto. Perdamos el miedo y bajemos al templo religioso más cercano para hablar con los que ahí se reúnen, mostrarles nuestros miedos, dudas, prejuicios y, claro, también nuestras críticas a aquello que no nos parece bien. Perdamos el miedo a admitir que los que ahora van de estados civilizados fueron los mayores genocidas tiempo atrás y que, con visión histórica, pocas lecciones de paz pueden dar. Perdamos el miedo a preguntarnos quién coño les suministra munición a esos desalmados de Estado Islámico. Perdamos el miedo a exigir a nuestros gobernantes y a nuestros periodistas que persigan a quien se está lucrando con el comercio de armas. Perdamos el miedo a analizar quién apoyó la creación de estos grupos terroristas y por qué.

Perdamos el miedo a las mujeres que nos cruzamos en la calle o en el metro y que llevan su hijab. Perdamos el miedo a criticar a nuestros gobiernos en estos momentos tan difíciles. La falta de sentido crítico en la resaca del 11S ya fue la que nos llevó a una guerra ilegal e ilegítima en Irak. No repitamos la historia. Perdamos el miedo a pedir perdón a los iraquíes y a tantos otros ciudadanos de países árabes que sufrieron el drama de la guerra en sus propias carnes; y el drama del abuso, de la impunidad y de la tortura. Perdamos el miedo a catalogar Guantánamo como lugar de practica legal del terrorismo sistemático. Perdamos el miedo a condenar y castigar a Estados Unidos por bombardear un hospital de Médicos Sin Fronteras en Afganistán. Perdamos el miedo a pensar que más allá lo que nos explican hay intereses que se nos escapan: dinero y geopolítica; o tan sólo dinero… qué sé yo, no soy más que un periodista de 29 años que sabe que hay reuniones de altos cargos mundiales en las que no se emite ninguna acta (Club Bilderberg) o que los países tan democráticos del “bloque occidental” negocian pactos comerciales sin que ni tan siquiera los representantes de los ciudadanos puedan tener acceso a lo que se habla en esas negociaciones (TTIP).

Perdamos el miedo a leer, a escribir, a opinar, a pensar. Perdamos el miedo a entender que en Francia, por ejemplo, el partido que más crece en las encuestas es un partido que fomenta el racismo y la xenofobia. Perdamos el miedo a condenar el hambre en el mundo y los causantes de la pobreza igual que condenamos el terrorismo. Perdamos el miedo a reunir a los familiares de las víctimas de París y las de Beirut y las de Ayotzinapa y las de tantos lugares de este planeta marcados por el horror bajo un mismo abrazo, el abrazo de la solidaridad con todas las buenas gentes de este mundo. Perdamos el miedo a imaginar que toda la humanidad, sin excepción, puede vivir en libertad, igualdad y fraternidad.

Perdamos el miedo a morir y así perderemos el miedo a vivir. Tan sólo de esta manera el terrorismo quedará desarmado. No de balas, pero sí de sentido.

Èric Lluent, periodista (Barcelona, 1986)

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The Hidden Danger of Adding the French Flag Filter to your Facebook Profile Picture

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After Friday’s attacks in Paris, Facebook has launched an optional filter for all users. This Facebook filter calls for solidarity with last Friday’s attacks by giving the option to customize profile pictures superimposing the French Tricoloure on them. Of course, more and more Facebook users are using this tool, shocked by terror in the French capital. First-class and second-class, inclusive third and fourth class casualties exist, it’s self-evident although not desirable. To a certain extent, it’s understandable than an European citizen feels more upset for an attack in Paris than in Beirut. In fact, after analyzing the media coverage of both attacks, it would be odd if a person from, for example, Spain was more moved about a terrorist attack in Lebanon than in France

It’s evident that the biggest mass media are manipulating collective consciousness. The silence that reigns or the coldness while exposing the death tolls from attacks in the so-called Arab World, contrasts with the dramatism when informing the number of killed and wounded after an attack in Europe or the U.S. territory. This communication strategy is a model of success for creating first and second-class citizens and societies. More and more Europeans realize that they are being manipulated and try to ignore the influence of the mass media that end up building insurmountable walls between societies through action and inaction. However, this is a new strategy for social communication; the Facebook filter represents a danger that finds most users with lowered defenses.

Using this Facebook filter as a gesture with Paris attacks victims is supporting a view of the world where only occidental casualties matter and building another border wall surrounding this 21st Century European Fortress, inhabited by terrified vassals that give away their critical awareness to private companies and public institutions in exchange for a little calmness. When a bomb explodes or a missile falls in Lebanon, Irak, Iran or anywhere in the world, siblings suffer and parents lose their heart when knowing that their relatives are dead; friends desperately look for clues that may lead to their colleagues. It’s understandable (although not desirable) that an European citizen feels more upset after an attack in Paris than in Beirut. Most of us have friends in Paris or have visited this city on several occasions. But Facebook is a global company and with these kind gestures, the only success comes from establishing an imposed hegemonic point of view under which occidental casualties are important and a reason to get mobilized while, for example, the casualties after Thursday’s attacks in Beirut, don’t really count at all. We didn’t have the option to customize our Facebook profile pictures superimposing the flag of Lebanon, did we? From my point of view, accepting and supporting this attitude is extremely dangerous, even more if we support it without noticing at all.

Èric Lluent, journalist (Barcelona, 1986)

Translated by Ainhoa Rebolledo (Read it here in Spanish)

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Soy un terrorista, un insensible y, además, un puto catalufo de mierda

IMG_20151115_193847Primero te enojas y después, cuando las pulsaciones vuelven al ritmo habitual, a uno le entran ganas de esconderse debajo la manta y no volver a escribir nunca más. Y, al cabo de un rato, me encuentro de nuevo frente al ordenador intentando ordenar una reflexión respecto a la experiencia que he vivido en las últimas 24 horas, desde que publiqué el artículo El peligro de ponerse la foto de perfil con el filtro de la bandera francesa. Más de siete millones de visitas han inundado mi humilde blog, habituado a tener una media de un millar al día. Con esta avalancha han llegado comentarios de todo tipo, unos a favor, otros en contra, y también durísimos insultos y amenazas.

“Eres un puto subnormal”, “a ver si el siguiente [atentado] es en tu casa y te pilla de lleno, imbécil!”, “este tipo de reportajes apoyan al terrorismo y sus acciones de forma muy sutil”, “esto lo ha escrito un jihadista parece”, “Eric Lluent es un envidioso, acomplejado y racista”, “métete tu puto blog por el culo Hijo de la gran puta catalán tenias q ser” o “que dices puto catalufo. me cago en tu puta madre” son algunas de las lindezas que algunos internautas han compartido en la sección de comentarios. Mis buenos amigos me dicen que no haga caso, que es el precio de la “fama”. Pero yo más bien creo que es el precio de un sistema educativo nefasto y de unos medios de comunicación que en las últimas décadas han hecho muchísimo daño al intelecto de los ciudadanos.

No me considero una persona que forme parte de ninguna élite intelectual, así que para entender mi artículo (una escueta nota de tres párrafos) es tan sólo necesario un nivel de comprensión lectora muy básico. ¿Cómo alguien (el problema es que son muchos) puede llegar a la conclusión que me dan igual los muertos de París o que estoy criticando la solidaridad con las víctimas del atentado del viernes tras leer el artículo? ¿Cómo una persona en su sano juicio puede acusarme de no respetar el duelo por las muertes de la capital francesa cuando lo único que digo es que se respete el duelo por todas las víctimas del terrorismo y que Facebook no las discrimine? En muchos comentarios hay afirmaciones que normalizan los atentados en países árabes porque, claro, “allí se matan entre ellos”. ¿Pero en qué nos hemos convertido? ¿O en qué nos han convertido?

Acciones como la impulsada por Facebook, con el filtro de la bandera francesa omitiendo los atentados que hay en tantos otros países del mundo, perpetúan una visión del mundo en que los occidentales somos el ‘Nosotros’ y el resto del mundo son los ‘Otros’. Con la creación de un mundo en el que hay dos tipos de personas, los que son como yo y los “demás”, se llegan a justificar argumentos como los que apuntan que si los árabes se quieren matar entre ellos, pues adelante, pero que a ‘Nosotros’ nos dejen tranquilos. Doble ración de tristeza este fin de semana. Por la salvajada inhumana que tuvo lugar en París (ciudad en la que estado más de diez veces y que fue mi musa de juventud) y por lo irracional de muchos ciudadanos a los que les da absolutamente igual que niños, adultos y mayores mueran desangrados tras estallar una bomba en un mercado de Irak o ahogados en un Mediterráneo cada vez más manchado de sangre.

La catalanofobia también me preocupa especialmente. Da igual que escriba sobre Islandia, Grecia o París, siempre habrá comentarios atacándome por ser catalán (a mí y a tantos otros escritores, periodistas, artistas, políticos, etc). Nos atacan por razón de origen, sin más. Aprovecho la notoriedad del artículo que escribí ayer para explicarle a los lectores hispanohablantes que los catalanes aguantamos día sí día también insultos y prejuicios de todo tipo por el mero hecho de haber nacido en Catalunya, por apoyar la creación democrática de un Estado independiente o, simplemente, por defender el derecho de autodeterminación del pueblo catalán. Los comentarios en el artículo anterior son un buen ejemplo y por eso precisamente los he aprobado, para que los que me lean desde fuera del Estado español puedan entender la sinrazón de un sector del nacionalismo españolista (que, por supuesto, no son todos los españoles ni mucho menos) que ahora y desde hace siglos persigue e insulta a los catalanes por el odio que sienten hacia nuestro pueblo (odio que, contemporáneamente, fue muy bien representado por el dictador fascista Francisco Franco hasta el día de su muerte, el 20 de noviembre de 1975).

Encantado de tener tantos millones de lectores en mi blog. Pero a aquéllos a los que les falte alguna lectura básica, mejor absténganse de visitar este lugar de internet en próximas ocasiones puesto que aquí las críticas (por muy duras que sean) son muy bienvenidas, pero los insultos, los descalificativos personales y las amenazas, no.

Èric Lluent, periodista (Barcelona, 1986)

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El peligro de ponerse la foto de perfil con el filtro de la bandera francesa

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[ENGLISH VERSION]

A raíz del atentado de este viernes en París, Facebook ha impulsado un filtro opcional para todos los usuarios de la red. En esta ocasión, el filtro pretende solidarizarse con las víctimas del atentado convirtiendo tu foto de perfil en una imagen que funde la original con los colores de la bandera de Francia. Por supuesto, minuto tras minuto los usuarios van utilizando la herramienta, llevados por el choque emocional que suponen los ataques en la capital francesa. Es evidente (aunque no creo que sea deseable) que en el mundo hay muertos de primera y muertos de segunda, incluso de tercera y cuarta. Es hasta cierto punto entendible que a un ciudadano europeo le aflija más un atentado en París que otro en Beirut. De hecho, si tenemos en cuenta la cobertura mediática que se hace de uno y de otro sería de extrañar que a un ciudadano del Estado español, por ejemplo, le afectara más un ataque terrorista en Líbano que uno en Francia.

La manipulación colectiva por parte de los grandes medios de comunicación es evidente. El silencio que impera o la frialdad a la hora de exponer cifras de muertos cuando se trata de un atentado que ha tenido lugar en el conocido como Mundo Árabe contrasta con el dramatismo de la exposición cuando se trata de un atentado en territorio europeo o norteamericano. Y aunque esta estrategia comunicativa es un modelo de éxito a la hora de crear ciudadanos y sociedades de primera y de segunda, cada vez son más los europeos que entienden que están siendo manipulados y que tratan de apartarse de la influencia de los grandes medios que con su acción o inacción construyen muros entre sociedades que parecen infranqueables. No obstante, al tratarse de una novedad, el filtro de Facebook supone un peligro que coge a la mayoría de internautas con las defensas especialmente bajas.

Utilizar el filtro de Facebook para solidarizarse con las víctimas de los atentados en París es apoyar una visión del mundo en la que sólo preocupan las muertes de ciudadanos occidentales. Mediante este pequeño gesto se construye un muro más en esta fortaleza del siglo XXI que es Europa, llena de súbditos muertos de miedo que regalan su sentido crítico a empresas e instituciones públicas a cambio de un poco de sensación de seguridad. En el Líbano, el Iraq, en Irán y en cualquier lugar del mundo, cuando estalla una bomba o cae un misil hay hermanos que sufren, padres y madres que se desmayan al conocer la noticia, amigos que buscan desesperados pistas para encontrar a compañeros de instituto o del trabajo. Es entendible (aunque no creo que sea deseable) que a un ciudadano europeo le aflija más un atentado en París que otro en Beirut. Muchos tenemos amigos en París o hemos visitado la ciudad una o varias ocasiones. Pero Facebook es una empresa global y con gestos como este lo único que hace es establecer una estructura hegemónica de prioridades en la que los muertos occidentales preocupan y movilizan y las víctimas, por ejemplo, del atentado en Beirut de hace dos días, simplemente no cuentan. ¿O es que nos dieron la opción del filtro con la bandera del Líbano? Validar esta visión del mundo me parece extremadamente peligroso. Más si lo hacemos sin ni siquiera darnos cuenta.

Èric Lluent, periodista (Barcelona, 1986)

*Respuesta a los insultos y amenazas que he recibido en las últimas 24h: Soy un terrorista, un insensible y, además, un puto catalufo de mierda

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