Portbou (05/12/2015)

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Fotografies: Èric Lluent

Localització: Portbou

Data: 5 de desembre 2015

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Perder el miedo, la mayor derrota para el terrorismo

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Perdamos el miedo de una vez por todas. El miedo a morir en manos de un terrorista, sí. Pero también el miedo a pensar más allá. Perdamos el miedo a los que tienen la tez de un tono distinto (sea más clara o más oscura). Perdamos el miedo y el rencor a los que nos miran extraño porque también sienten miedo y rencor hacia nosotros. Perdamos el miedo a preguntarnos por qué estos chicos jóvenes deciden inmolarse en un acto tan vil e inútil. Perdamos el miedo a reconocer que Occidente ha matado a muchos niños, gente mayor e inocentes de toda índole. Perdamos el miedo a reconocer que en muchos países árabes las libertades son restringidas a diario y sus gentes torturadas en nombre de una religión. Perdamos el miedo a reconocer que esto también pasa en Europa y en Norteamérica, quizás en menor medida o de forma más disimulada, pero pasa. Perdamos el miedo a pedir perdón, por la parte que a cada cual le toque.

Perdamos el miedo y hablemos con nuestros amigos musulmanes. Perdamos el miedo y hablemos con nuestros amigos cristianos, ateos, agnósticos, hindúes, budistas. Perdamos el miedo a lo distinto. Perdamos el miedo y bajemos al templo religioso más cercano para hablar con los que ahí se reúnen, mostrarles nuestros miedos, dudas, prejuicios y, claro, también nuestras críticas a aquello que no nos parece bien. Perdamos el miedo a admitir que los que ahora van de estados civilizados fueron los mayores genocidas tiempo atrás y que, con visión histórica, pocas lecciones de paz pueden dar. Perdamos el miedo a preguntarnos quién coño les suministra munición a esos desalmados de Estado Islámico. Perdamos el miedo a exigir a nuestros gobernantes y a nuestros periodistas que persigan a quien se está lucrando con el comercio de armas. Perdamos el miedo a analizar quién apoyó la creación de estos grupos terroristas y por qué.

Perdamos el miedo a las mujeres que nos cruzamos en la calle o en el metro y que llevan su hijab. Perdamos el miedo a criticar a nuestros gobiernos en estos momentos tan difíciles. La falta de sentido crítico en la resaca del 11S ya fue la que nos llevó a una guerra ilegal e ilegítima en Irak. No repitamos la historia. Perdamos el miedo a pedir perdón a los iraquíes y a tantos otros ciudadanos de países árabes que sufrieron el drama de la guerra en sus propias carnes; y el drama del abuso, de la impunidad y de la tortura. Perdamos el miedo a catalogar Guantánamo como lugar de practica legal del terrorismo sistemático. Perdamos el miedo a condenar y castigar a Estados Unidos por bombardear un hospital de Médicos Sin Fronteras en Afganistán. Perdamos el miedo a pensar que más allá lo que nos explican hay intereses que se nos escapan: dinero y geopolítica; o tan sólo dinero… qué sé yo, no soy más que un periodista de 29 años que sabe que hay reuniones de altos cargos mundiales en las que no se emite ninguna acta (Club Bilderberg) o que los países tan democráticos del “bloque occidental” negocian pactos comerciales sin que ni tan siquiera los representantes de los ciudadanos puedan tener acceso a lo que se habla en esas negociaciones (TTIP).

Perdamos el miedo a leer, a escribir, a opinar, a pensar. Perdamos el miedo a entender que en Francia, por ejemplo, el partido que más crece en las encuestas es un partido que fomenta el racismo y la xenofobia. Perdamos el miedo a condenar el hambre en el mundo y los causantes de la pobreza igual que condenamos el terrorismo. Perdamos el miedo a reunir a los familiares de las víctimas de París y las de Beirut y las de Ayotzinapa y las de tantos lugares de este planeta marcados por el horror bajo un mismo abrazo, el abrazo de la solidaridad con todas las buenas gentes de este mundo. Perdamos el miedo a imaginar que toda la humanidad, sin excepción, puede vivir en libertad, igualdad y fraternidad.

Perdamos el miedo a morir y así perderemos el miedo a vivir. Tan sólo de esta manera el terrorismo quedará desarmado. No de balas, pero sí de sentido.

Èric Lluent, periodista (Barcelona, 1986)

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The Hidden Danger of Adding the French Flag Filter to your Facebook Profile Picture

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After Friday’s attacks in Paris, Facebook has launched an optional filter for all users. This Facebook filter calls for solidarity with last Friday’s attacks by giving the option to customize profile pictures superimposing the French Tricoloure on them. Of course, more and more Facebook users are using this tool, shocked by terror in the French capital. First-class and second-class, inclusive third and fourth class casualties exist, it’s self-evident although not desirable. To a certain extent, it’s understandable than an European citizen feels more upset for an attack in Paris than in Beirut. In fact, after analyzing the media coverage of both attacks, it would be odd if a person from, for example, Spain was more moved about a terrorist attack in Lebanon than in France

It’s evident that the biggest mass media are manipulating collective consciousness. The silence that reigns or the coldness while exposing the death tolls from attacks in the so-called Arab World, contrasts with the dramatism when informing the number of killed and wounded after an attack in Europe or the U.S. territory. This communication strategy is a model of success for creating first and second-class citizens and societies. More and more Europeans realize that they are being manipulated and try to ignore the influence of the mass media that end up building insurmountable walls between societies through action and inaction. However, this is a new strategy for social communication; the Facebook filter represents a danger that finds most users with lowered defenses.

Using this Facebook filter as a gesture with Paris attacks victims is supporting a view of the world where only occidental casualties matter and building another border wall surrounding this 21st Century European Fortress, inhabited by terrified vassals that give away their critical awareness to private companies and public institutions in exchange for a little calmness. When a bomb explodes or a missile falls in Lebanon, Irak, Iran or anywhere in the world, siblings suffer and parents lose their heart when knowing that their relatives are dead; friends desperately look for clues that may lead to their colleagues. It’s understandable (although not desirable) that an European citizen feels more upset after an attack in Paris than in Beirut. Most of us have friends in Paris or have visited this city on several occasions. But Facebook is a global company and with these kind gestures, the only success comes from establishing an imposed hegemonic point of view under which occidental casualties are important and a reason to get mobilized while, for example, the casualties after Thursday’s attacks in Beirut, don’t really count at all. We didn’t have the option to customize our Facebook profile pictures superimposing the flag of Lebanon, did we? From my point of view, accepting and supporting this attitude is extremely dangerous, even more if we support it without noticing at all.

Èric Lluent, journalist (Barcelona, 1986)

Translated by Ainhoa Rebolledo (Read it here in Spanish)

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Soy un terrorista, un insensible y, además, un puto catalufo de mierda

IMG_20151115_193847Primero te enojas y después, cuando las pulsaciones vuelven al ritmo habitual, a uno le entran ganas de esconderse debajo la manta y no volver a escribir nunca más. Y, al cabo de un rato, me encuentro de nuevo frente al ordenador intentando ordenar una reflexión respecto a la experiencia que he vivido en las últimas 24 horas, desde que publiqué el artículo El peligro de ponerse la foto de perfil con el filtro de la bandera francesa. Más de siete millones de visitas han inundado mi humilde blog, habituado a tener una media de un millar al día. Con esta avalancha han llegado comentarios de todo tipo, unos a favor, otros en contra, y también durísimos insultos y amenazas.

“Eres un puto subnormal”, “a ver si el siguiente [atentado] es en tu casa y te pilla de lleno, imbécil!”, “este tipo de reportajes apoyan al terrorismo y sus acciones de forma muy sutil”, “esto lo ha escrito un jihadista parece”, “Eric Lluent es un envidioso, acomplejado y racista”, “métete tu puto blog por el culo Hijo de la gran puta catalán tenias q ser” o “que dices puto catalufo. me cago en tu puta madre” son algunas de las lindezas que algunos internautas han compartido en la sección de comentarios. Mis buenos amigos me dicen que no haga caso, que es el precio de la “fama”. Pero yo más bien creo que es el precio de un sistema educativo nefasto y de unos medios de comunicación que en las últimas décadas han hecho muchísimo daño al intelecto de los ciudadanos.

No me considero una persona que forme parte de ninguna élite intelectual, así que para entender mi artículo (una escueta nota de tres párrafos) es tan sólo necesario un nivel de comprensión lectora muy básico. ¿Cómo alguien (el problema es que son muchos) puede llegar a la conclusión que me dan igual los muertos de París o que estoy criticando la solidaridad con las víctimas del atentado del viernes tras leer el artículo? ¿Cómo una persona en su sano juicio puede acusarme de no respetar el duelo por las muertes de la capital francesa cuando lo único que digo es que se respete el duelo por todas las víctimas del terrorismo y que Facebook no las discrimine? En muchos comentarios hay afirmaciones que normalizan los atentados en países árabes porque, claro, “allí se matan entre ellos”. ¿Pero en qué nos hemos convertido? ¿O en qué nos han convertido?

Acciones como la impulsada por Facebook, con el filtro de la bandera francesa omitiendo los atentados que hay en tantos otros países del mundo, perpetúan una visión del mundo en que los occidentales somos el ‘Nosotros’ y el resto del mundo son los ‘Otros’. Con la creación de un mundo en el que hay dos tipos de personas, los que son como yo y los “demás”, se llegan a justificar argumentos como los que apuntan que si los árabes se quieren matar entre ellos, pues adelante, pero que a ‘Nosotros’ nos dejen tranquilos. Doble ración de tristeza este fin de semana. Por la salvajada inhumana que tuvo lugar en París (ciudad en la que estado más de diez veces y que fue mi musa de juventud) y por lo irracional de muchos ciudadanos a los que les da absolutamente igual que niños, adultos y mayores mueran desangrados tras estallar una bomba en un mercado de Irak o ahogados en un Mediterráneo cada vez más manchado de sangre.

La catalanofobia también me preocupa especialmente. Da igual que escriba sobre Islandia, Grecia o París, siempre habrá comentarios atacándome por ser catalán (a mí y a tantos otros escritores, periodistas, artistas, políticos, etc). Nos atacan por razón de origen, sin más. Aprovecho la notoriedad del artículo que escribí ayer para explicarle a los lectores hispanohablantes que los catalanes aguantamos día sí día también insultos y prejuicios de todo tipo por el mero hecho de haber nacido en Catalunya, por apoyar la creación democrática de un Estado independiente o, simplemente, por defender el derecho de autodeterminación del pueblo catalán. Los comentarios en el artículo anterior son un buen ejemplo y por eso precisamente los he aprobado, para que los que me lean desde fuera del Estado español puedan entender la sinrazón de un sector del nacionalismo españolista (que, por supuesto, no son todos los españoles ni mucho menos) que ahora y desde hace siglos persigue e insulta a los catalanes por el odio que sienten hacia nuestro pueblo (odio que, contemporáneamente, fue muy bien representado por el dictador fascista Francisco Franco hasta el día de su muerte, el 20 de noviembre de 1975).

Encantado de tener tantos millones de lectores en mi blog. Pero a aquéllos a los que les falte alguna lectura básica, mejor absténganse de visitar este lugar de internet en próximas ocasiones puesto que aquí las críticas (por muy duras que sean) son muy bienvenidas, pero los insultos, los descalificativos personales y las amenazas, no.

Èric Lluent, periodista (Barcelona, 1986)

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El peligro de ponerse la foto de perfil con el filtro de la bandera francesa

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[ENGLISH VERSION]

A raíz del atentado de este viernes en París, Facebook ha impulsado un filtro opcional para todos los usuarios de la red. En esta ocasión, el filtro pretende solidarizarse con las víctimas del atentado convirtiendo tu foto de perfil en una imagen que funde la original con los colores de la bandera de Francia. Por supuesto, minuto tras minuto los usuarios van utilizando la herramienta, llevados por el choque emocional que suponen los ataques en la capital francesa. Es evidente (aunque no creo que sea deseable) que en el mundo hay muertos de primera y muertos de segunda, incluso de tercera y cuarta. Es hasta cierto punto entendible que a un ciudadano europeo le aflija más un atentado en París que otro en Beirut. De hecho, si tenemos en cuenta la cobertura mediática que se hace de uno y de otro sería de extrañar que a un ciudadano del Estado español, por ejemplo, le afectara más un ataque terrorista en Líbano que uno en Francia.

La manipulación colectiva por parte de los grandes medios de comunicación es evidente. El silencio que impera o la frialdad a la hora de exponer cifras de muertos cuando se trata de un atentado que ha tenido lugar en el conocido como Mundo Árabe contrasta con el dramatismo de la exposición cuando se trata de un atentado en territorio europeo o norteamericano. Y aunque esta estrategia comunicativa es un modelo de éxito a la hora de crear ciudadanos y sociedades de primera y de segunda, cada vez son más los europeos que entienden que están siendo manipulados y que tratan de apartarse de la influencia de los grandes medios que con su acción o inacción construyen muros entre sociedades que parecen infranqueables. No obstante, al tratarse de una novedad, el filtro de Facebook supone un peligro que coge a la mayoría de internautas con las defensas especialmente bajas.

Utilizar el filtro de Facebook para solidarizarse con las víctimas de los atentados en París es apoyar una visión del mundo en la que sólo preocupan las muertes de ciudadanos occidentales. Mediante este pequeño gesto se construye un muro más en esta fortaleza del siglo XXI que es Europa, llena de súbditos muertos de miedo que regalan su sentido crítico a empresas e instituciones públicas a cambio de un poco de sensación de seguridad. En el Líbano, el Iraq, en Irán y en cualquier lugar del mundo, cuando estalla una bomba o cae un misil hay hermanos que sufren, padres y madres que se desmayan al conocer la noticia, amigos que buscan desesperados pistas para encontrar a compañeros de instituto o del trabajo. Es entendible (aunque no creo que sea deseable) que a un ciudadano europeo le aflija más un atentado en París que otro en Beirut. Muchos tenemos amigos en París o hemos visitado la ciudad una o varias ocasiones. Pero Facebook es una empresa global y con gestos como este lo único que hace es establecer una estructura hegemónica de prioridades en la que los muertos occidentales preocupan y movilizan y las víctimas, por ejemplo, del atentado en Beirut de hace dos días, simplemente no cuentan. ¿O es que nos dieron la opción del filtro con la bandera del Líbano? Validar esta visión del mundo me parece extremadamente peligroso. Más si lo hacemos sin ni siquiera darnos cuenta.

Èric Lluent, periodista (Barcelona, 1986)

*Respuesta a los insultos y amenazas que he recibido en las últimas 24h: Soy un terrorista, un insensible y, además, un puto catalufo de mierda

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Los buenos reportajes y el periodismo independiente no caen del cielo

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A menudo me encuentro mis artículos publicados en páginas web y blogs de todo tipo y debo reconocer que esto me satisface. Para un periodista independiente llegar a los lectores es lo más importante. No produzco muchos artículos puesto que prefiero leer e investigar antes de publicar y, por otra parte, el tiempo del que dispongo es reducido. Internet es una selva en la que tanto puedes ver una decapitación como un par de gatitos jugando en el salón. Lo importante es que el contenido sea viral y genere dinero. Y es aquí de donde proceden mis temores. El dinero se genera con millones de visitas y los internautas hemos demostrado no tener muy buen criterio a la hora de seleccionar lo que vemos y lo que no. Vaya, que siempre dará más tráfico de visitas unos patitos cruzando la autopista que una investigación periodística. Aún así, hay miles de lectores interesados en buenos reportajes, en periodismo independiente, pero los hay muy pocos que entiendan que estos trabajos no caen del cielo.

Hay quien piensa que el acceso a la información debe ser gratuito. Yo también lo pienso. Pero entre que tengamos este derecho y nos creamos que los periodistas deben ser nuestros esclavos informadores hay una gran diferencia. Para que se entienda rápido: la sanidad es un derecho universal, pero a nadie se le ocurre pensar que el médico del hospital público deba hacer su trabajo por amor al arte. Con el periodismo pasa igual. Los periodistas independientes también comemos, también pagamos un alquiler y facturas y también debemos cubrir costes de transporte y material. Pensar que los buenos textos se hacen solos y jamás plantearse que el buen periodismo tiene un coste lo único que hará es que los buenos periodistas, los de raza, los independientes, los más críticos y hábiles para investigar tengan que dedicar buena parte de su jornada laboral a ganar dinero en otro sector de la economía (y bien que le sienta esto al sistema establecido).

El crowdfunding y algunos medios de pago demuestran que hay vías de desarrollo alternativas para que proyectos independientes puedan ser sostenibles económicamente. No obstante, aún nos incomoda e incluso molesta tener que pagar, aunque sea uno, dos o cinco euros al mes (el equivalente a un par de cerveza o un cubata de garrafón) para suscribirnos a un medio. Pero del cambio de esta actitud depende evitar que todo el periodismo acabe en manos de grandes multinacionales y el sector bancario internacional. Creo que este es un debate que debemos plantear enérgicamente y de forma activa para que finalmente encontremos el modelo adecuado que resguarde el derecho a la información de todos los ciudadanos (y especialmente de aquellos sin recursos) y que a la vez permita financiar el trabajo de profesionales y medios independientes que no cuentan con grandes inversores ni grupos de poder interesados a sus espaldas.

Èric Lluent (Barcelona, 1986)

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¿De verdad os creéis que la crisis en Islandia ha tenido un final feliz?

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¿Sabéis qué pasa cuando pongo titulares serios en mis artículos? Que no se los lee ni dios. Hace unos meses publiqué dos artículos sobre Islandia. El primero se titulaba ¡Parad ya de opinar y explicar mentiras sobre Islandia! Hartito me tenéis…. El segundo Crisis: Islandia vs España, una breve comparativa. ¿Adivináis cuál tuvo más lectores? En concreto, hasta la fecha, el primer artículo ha sido leído 89.037 veces mientras que el segundo tan sólo 2.263. Y lo cierto es que el segundo aportaba muchos más datos que el primero. Así que me perdonaréis la estridencia de este titular puesto que, si fuera por mi criterio periodístico, este mismo artículo llevaría como titular El precio de la crisis en Islandia: de sociedad del bienestar a sociedad desigual, pero en ese caso seguramente no estaríais leyendo estas líneas ahora mismo (entiéndase como una crítica general en la que, como lector, yo mismo me incluyo).

Pero vamos a lo que vamos. Islandia. Ya he escrito mucho sobre este país nórdico a raíz de mis ocho estancias desde 2008 y en los artículos anteriores podéis encontrar cuáles son mis argumentos para romper el mito de la Islandia revolucionaria que ha vencido las imposiciones del capital. En este nuevo artículo pretendo explicar cuáles han sido las consecuencias de la crisis para los islandeses, ya que según el relato, repetido de forma curiosa tanto por ciertos sectores alternativos como por los grandes medios de comunicación, parece que allí la crisis les ha salido gratis a los islandeses de a pie. En mi último libro autoeditado en catalán Islàndia 2014. El preu del miracle econòmic (antes de que salga el facha de turno, publico en catalán porque me sale de los… y por el insignificante detalle de que es mi lengua materna -a los que me recomiendan con buena intención que publique en castellano, decirles que es una prioridad absoluta para mí pero que no dispongo de los recursos necesarios y que procuraré encontrar una editorial interesada en el tema) analizo el precio real que ha pagado la sociedad islandesa por culpa de la orgía especulativa que protagonizaron los banqueros locales con la connivencia de los principales partidos políticos del país, el Partido de la Independencia y el Partido Progresista (actualmente otra vez en el poder).

Paul Krugman, profesor de Economía en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008, publicó un articulo el pasado mes de junio en The New York Times que un su traducción publicada en el diario El País fue titulado Islandia, una historia con final feliz. Krugman es la voz más autorizada que defiende el modelo de salida de la crisis en Islandia como un modelo de éxito gracias al hecho de no haber aplicado austeridad como en otros países europeos. Debo confesar que cuando leo a Krugman y me doy cuenta de que tengo conocimientos y argumentos suficientes como para llevarle la contraria a todo un premio Nobel al que, además, respeto muchísimo se me hace un nudo en la garganta. ¿Quién soy yo para llevarle la contraria a este señor? Pero la realidad es que en Islandia hubo austeridad y recortes, que ha habido huelgas sectoriales desde entonces, que se destinaron miles de millones de dólares a rescatar la banca (en concreto 2,7 mil millones de dólares para el Banco Central de Islandia) y que con el dinero de los contribuyentes islandeses están devolviendo el préstamo del Fondo Monetario Internacional que fue necesario precisamente por el proceso especulativo que se originó en el sí de una banca privada islandesa que actuaba sin el control gubernamental deseable.

Islandia ha pasado de tener una sociedad del bienestar ejemplar (aún así con aspectos criticables, pero es un hecho que desde que recibió las ayudas del Plan Marshall y se convirtió en una tierra próspera, sus niveles de bienestar propios de la socialdemocracia nórdica fueron todo un referente) a tener una sociedad extremadamente desigual e injusta, como tantas otras en Europa. Si a esta afirmación, que a continuación justificaré, se le puede llamar final feliz, eso dependerá de la forma de ver el mundo que tenga cada uno. Lo que está claro es que, desde una perspectiva capitalista, el modelo islandés es un modelo de éxito. Los datos macroeconómicos y el propio FMI avalan la recuperación de Islandia y ahora esa tierra hasta hace poco virgen es toda ella una gran oportunidad de negocio para inversores de todo el mundo (dicho rápido, puesto que la economía islandesa sigue expuesta a muchos riesgos que sus políticos procuran disimular de cara a la galería internacional pero que en casa son muy bien conocidos).

Veamos 10 motivos por los cuales no podemos afirmar que el caso islandés ha tenido un final feliz.

  • Según UNICEF, el índice de pobreza infantil en Islandia ha pasado del 11,2% en 2008 al 31,6% en 2012. Se trata del mayor crecimiento de este índice en ese periodo de tiempo en un país europeo. (Los datos de UNICEF expresan la pobreza relativa de Islandia)
  • Según datos hechos públicos por RÚV, la televisión pública islandesa, el 10% más rico de los islandeses acumula 73% de la riqueza del país, mientras que el 90% restante se reparte un 27%.
  • El control de capitales aún existente (aunque parece que se está empezando a levantar progresivamente desde la pasada primavera -seguiré el tema con atención) ha obligado a los inversores a invertir en sectores de la economía nacional que están experimentando una burbuja que tarde o temprano estallará. ¿O es que aún no hemos entendido que las burbujas estallan y que no se puede crecer ad infinitum?
  • En febrero de 2007, un quilo de arroz costaba 241 coronas islandesas (ISK); los 100 metros cúbicos de agua en Reykjavík, 6.523 ISK; un billete de autobús mensual, 5.600 ISK; y un quilo de gamba congelada, 629 ISK. En febrero de 2015, el quilo de arroz estaba a 451 ISK, el agua a 12.276 ISK, el billete a 9.300 ISK y el quilo de gambas a 1.774 ISK.
  • Entre el mes de marzo de 2014 y el mes de marzo de 2015 la bolsa islandesa creció un 25%. Buenísima noticia, si no fuera porque de forma muy obvia se está viviendo también en la compra venda de acciones un proceso especulativo derivado del control de capitales que, por los precedentes, no parece que vaya a acabar muy bien.
  • La famosa constitución escrita por el pueblo islandés a través de internet y que se aprobó, supuestamente, en un referéndum sigue encerrada en un cajón del Parlamento sin que ni siquiera haya sido votada por los diputados.
  • El motor económico de la recuperación de Islandia ha sido el turismo. El tesoro natural de Islandia es ahora un elemento más del juego de las finanzas nacionales y grandes parajes como Gullfoss, Seljalandfoss, Geysir o Jökullsárlon parecen en verano la Rambla de Barcelona. En unos años, la Islandia remota que siempre había sido ya no existirá y sus tierras serán propiedad de inversores extranjeros, muchos de ellos chinos y rusos, que destruirán parajes naturales para hacer negocio.
  • La situación de los inmigrantes que se establecieron en Islandia durante el boom económico es muy delicada. Las comunidades extranjeras, con predominio de los polacos, tienen especial dificultad para encontrar trabajo y, si lo hacen, muchas veces trabajan sin contrato o sin cobrar lo mismo que los ciudadanos de origen islandés.
  • Desde el colapso financiero de octubre de 2008, los medios de comunicación islandeses han sido controlados de forma rápida y eficaz por personajes de la órbita del sector financiero y de los dos principales partidos políticos. Es el caso de Morgunblaðið, Fréttablaðið y DV.
  • Los banqueros no están pudriéndose todos en la cárcel. Están procurando rehacer sus fortunas con las nuevas oportunidades que hay para ellos en el país. Un claro ejemplo de esto es Thor Bjorgolfsson, quien ha publicado un libro en inglés este año titulado Billions to Bust – and Back, una narración en la que chulea sin tapujos sobre cómo formó su fortuna, como la perdió en 2008 y cómo la está reconstruyendo. ¿A qué esto suena distinto a lo que escuchamos de que los banqueros han sido encerrados en la cárcel o desterrados del país?

Èric Lluent, periodista (Barcelona, 1986)

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