Claves para el reportaje (II): El nuevo Primer Ministro de Islandia, el héroe que se negó a pagar la deuda

prime ministerSigmundur David Gunnlaugsson es desde el mes de mayo el nuevo Primer Ministro de Islandia. El Partido Progresista, del que es líder, consiguió el 24,43 por ciento de los votos. El otro gran partido, el Partido de la Independencia, agrupó el 26,70 por ciento de los sufragios. Entre los dos han formado una coalición que ya gobernó Islandia entre 1995 y 2007 y que muchos apuntan como responsable de la falta de control sobre los bancos y el mercado financiero que llevó al país al abismo. Pero la evolución de los acontecimientos después de 2008 salpicó especialmente el Partido de la Independencia y, en especial, el ex Primer Ministro Geir Haarde, que ha llegado a ser declarado culpable por negligencia por no poner en marcha gabinetes de especialistas antes de la quiebra de los bancos cuando era evidente la crisis del sistema financiero islandés. De hecho, se da la circunstancia de que el Partido Progresista no estaba en el poder cuando se produjo el colapso económico, ya que en las elecciones de 2007 no consiguió un buen resultado y el Partido de la Independencia formó coalición con el Partido Liberal. Este hecho anecdótico, ya que la responsabilidad del Partido Progresista en la política económica durante la primera década del siglo XXI es innegable, hizo que tras la dimisión en bloque del gobierno a causa de las protestas en la calle, en las elecciones del 2009, esta formación subiera un tímido tres por ciento. Aquellos resultados también se pueden explicar por la famosa “memoria de pez” que se atribuye a los islandeses a la hora de votar. Defecto democrático que parece ser global más que un rasgo característico de esta isla próxima al círculo polar ártico.

Pero lo que explica que Sigmundur David Gunnlaugsson y su partido haya subido diez puntos porcentuales en tan sólo cuatro años, recuperando así el poder, es un hecho por el cual muchos islandeses lo consideran un héroe nacional. Gunnlaugsson (nacido en 1975 y que entró por primera vez en el Parlamento en 2009, pasado el colapso) fue todo un símbolo de los ciudadanos que se negaban a pagar la deuda en las condiciones que exigían el Reino Unido y Holanda. Una deuda que provenía principalmente del banco privado islandés Icesave y que con la nacionalización de los bancos recayó en manos del Estado. De hecho, Islandia nunca se ha negado a pagar la deuda. Simplemente, no ha querido firmar los acuerdos que proponían el Reino Unido y Holanda, que incluían unas condiciones abusivas, como el retorno de todas las inversiones más intereses en el plazo que ellos imponían. En total, cada familia islandesa debería haber pagado 48.000 euros en 15 años a los inversores británicos y holandeses. Los partidos que en ese momento estaban en el poder, la Alianza Socialdemócrata y los Verdes, querían firmar el pacto dadas las presiones que recibieron del Fondo Monetario Internacional y por el hecho de que no veían una salida alternativa al problema. En cambio, Gunnlaugsson luchó para demostrar que el Estado, una vez agotadas las provisiones del Fondo de Garantías de Depósitos -fondo que quebró el mismo 2008 cuando cayeron los bancos-, no tenía ningún deber legal que le obligara a pagar la deuda con el dinero de los ciudadanos.

Los intentos del gobierno de centro izquierda de aprobar el acuerdo para estabilizar la economía fueron muchos y de ahí que se hicieran los dos referendos en los que la población se negó a suscribir dos propuestas de acuerdo diferentes . La cuestión pasó de tribunal en tribunal hasta que el mes de enero de 2013 el tribunal del European Free Trade Agreement (EFTA) dictaminó que Islandia, sus instituciones, no tenía ninguna responsabilidad de asegurar en el momento de la quiebra ni posteriormente los fondos mínimos para cada cuenta corriente de los ciudadanos británicos y holandeses. Se trata de un vacío legal, ya que no hay legislación que determine que un país, el Fondo de Garantía del cual ya está agotado, deba hacerse cargo de la deuda generada por entidades financieras nacionales en sus negocios en el exterior. Los islandeses recibieron el dictamen de la EFTA como una victoria nacional. Y un nombre destacaba sobre el resto de políticos, el de Sigmundur David Gunnlaugsson. Los electores supieron recompensarlo, olvidando el papel del Partido Progresista durante los años previos a la crisis. La resolución de la EFTA había catapultado este joven político, defensor de los intereses rurales y del sector pesquero, a ocupar la silla de Primer Ministro y formalizar de nuevo el gobierno de coalición que durante doce años permitió el auge económico de la época dorada, conocida como el sueño islandés, que de una semana para otra, en octubre de 2008, se convirtió en el peor de las pesadillas de la historia reciente del país. El posicionamiento de Gunnlaugsson ahorró mucho dinero a los ciudadanos de Islandia y, a la hora de votar, como decimos los catalanes, “la pela es la pela”.

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