Conversación de bar (I): “Los islandeses que ahora odiamos son los mismos que antes venerábamos”

icesave
Quien me conoce sabe que los bares son uno de mis territorios vitales más frecuentados. Más allá de la vertiente lúdica de apoyarse en una barra con una cerveza
en la mano, pienso que deberían ser de visita diaria obligada para los periodistas de cualquier redacción. El bar parece desarmar a las personas y el periodista tiene acceso a opiniones e informaciones que de otra manera serían muy difíciles de sacar al mismo personaje en horario diurno. Con esto no quiero decir que el alcohol haga cantar a cualquiera (que también), sino que el hecho de compartir un mismo espacio de forma relajada genera comodidad entre los interlocutores y es más sencillo ganarte la complicidad de quien tienes delante.

En Reykjavik la cultura de bar es bastante activa. No hay grandes discotecas, así que los bares son los puntos de encuentro de jóvenes y no tan jóvenes para hacer unas birras los días laborales (la ley sólo permite abrir hasta la una de la madrugada de domingo a jueves) y para quemar todas las energías las noches de viernes y sábado. Ayer, precisamente, me acerqué al bar del Reikiavik Backpackers, un hostal que en la planta baja ha montado una barra y que a menudo organiza conciertos. Tomando una copa de vino en la terraza interior del local, un chico de unos treinta y largos de origen islandés se me acercó para pedirme fuego, derivando este gesto en la típica conversación. Los where are you from? y los what are you doing here? me llevaron a explicarle el objeto de mi reportaje y aquel desconocido me empezó a explicar cómo era la Islandia de antes de la crisis, siempre según su punto de vista.

“El presidente de Icesave, el de Bonus -la cadena de supermercados de Islandia-, todos los que habían ganado billones eran considerados héroes. Nosotros nos sentíamos orgullosos. Yo mismo trabajé con uno de ellos y la gente me decía: “¡Qué bien! ¡Felicidades! ” y ahora me preguntan cómo es que acepté trabajar con este desgraciado. Se habían convertido en el referente. Eran los representantes del sueño islandés, nos creíamos mejores que los ingleses y los americanos. Esta gente era arrogante, como estrellas de rock. Ahora, claro, lo han perdido casi todo y no pueden ni volver al país porque la gente los señala por la calle y les tira pintura en su casa. Lo que más gracia me hace de todo esto es que ahora todo el mundo dice que antes ya les caían mal todos estos empresarios y banqueros pero lo cierto es que los islandeses que ahora odiamos son los mismos que antes venerábamos”, concluye.

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