“Deja de hacer fotos, manipulador hijo de puta!”

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La lindeza escrita en el titular es uno de los muchos abucheos que los periodistas aguantamos en determinadas manifestaciones procedentes de una parte minoritaria de los participantes. Antes de que algún lector me acuse de enfocar la cuestión de forma equivocada, sin hablar del problema real, la incontrolada e impune represión policial, aquí os dejo este link para despejar dudas: http://goo.gl/RyrwX.

Hecho este apunte, quiero hacer unas cuantas reflexiones a aquellos que entonan lemas contra los periodistas que cubren manifestaciones. Primero de todo, deberíamos ser capaces de darnos cuenta que en una manifestación hay, a veces, centenares de periodistas. ¿Tantos mass media hay? No. La mayoría de los que allí estamos somos freelance, es decir, no cobramos una mierda ni vendemos las fotografías en ningún sitio. Lo hacemos por vocación informativa, para nuestro archivo, para nuestro background, para nuestro blog, para un documental o para una exposición. Pero, claro, aquellos fotógrafos que cobran por ello hacen su trabajo igual que nosotros, lo único que nos diferencia es la nómina y la línea editorial de su medio de comunicación que le seleccionará la foto que más venda y ya está.

Identificados quienes formamos esa nube naranja y amarilla, cuestión número uno: ¿libertad de prensa, sabéis lo que es? Me dirijo a los que coaccionan a los fotógrafos, a los que pasan de la palabra a la acción e intentan arrancar cámaras de las manos de los periodistas. ¿Para qué? ¿Para ver si os sacáis una pasta revendiéndola? Explico esto habiéndolo vivido. Tres valientes encapuchados intentando robarle la cámara a un chaval de 20 años que estaba haciendo fotos de una mani en el barrio de Gràcia de Barcelona. Bravo.

El gran argumento para mantenerse en esta postura de la confrontación con los periodistas es que nosotros haremos fotos de sus caras y las pasaremos a la policía. Bien. Como sabréis, nuestra relación con los antidisturbios no es la más agradable y hay pocos periodistas que no hayan sufrido la violencia policial a lo largo de su trayectoria cubriendo manifestaciones. Así que no me imagino a ninguno de mis compañeros enviando fotos a los Mossos d’Esquadra. Y segundo, ¿qué os pensáis que hace el helicóptero que os está siguiendo desde los cielos? ¿Contar cuantos sois? Os están grabando todo el rato desde arriba. Os pueden identificar uno a uno si les apetece. A vosotros y a nosotros.

Dicho esto, otra reflexión. Si queréis hacer pintadas, romper cristales o quemar coches (digo, en el caso que queráis realizar este tipo de acciones), sed conscientes de que la prensa no desaparecerá ni dará la espalda a lo que estáis haciendo en la vía pública. Si no queréis prensa, tan sencillo como hacerlo la madrugada de un martes cualquiera y no habrá problemas. Pero me da a mí que la foto la buscáis pero conocéis los riesgos que puede acarrear: que se genere una prueba. Y aquí lo único que os puedo decir es que ese es uno de los riesgos que corréis. Eso sí, nada comparable al de ser grabados por cámaras de seguridad, por el helicóptero o por policías infiltrados en las manifestaciones.

Pero todo este mal rollo entre una parte de los manifestantes y la prensa cambia cuando la policía entra en escena. Del “¡aparta la cámara, cabrón!” pasamos al “¡hazle fotos, hazle fotos, que se le vea la cara!”. El periodista, especialmente el fotógrafo, pasa a ser un amigo útil y, de repente, ya nadie lo insulta e incluso algunos se atreven a pedirle un cigarrillo en medio de las cargas policiales. Su trabajo ahora sí que sirve. Todo esto es fruto de la poca cultura periodística de nuestro país y, al fin, de la poca cultura democrática. Los grandes medios de comunicación controlan todo el proceso informativo, cierto. Y aquél que coacciona en las manifestaciones para que los fotógrafos hagan las fotos que él quiere, hace exactamente lo mismo que el director politizado de cualquier diario o televisión: confundir periodismo con propaganda.

Además, hoy en día cualquiera tiene capacidad informativa con su móvil y sus redes sociales. Apuntar hacía la prensa identificado es absurdo e inútil ya que son muchos los propios participantes que difunden fotografías y vídeos de las manifestaciones por internet. En ese punto querría fijarme para acabar. Pongamos un caso práctico: Ester Quintana y el 14-N, huelga general. Esta mujer, vecina de Barcelona, perdió un ojo a causa del disparo de un antidisturbio. El conseller d’Interior, Felip Puig, afirmó primero que en el lugar donde Quintana recibió el disparo n hubo ninguna intervención policial. Mentira. Después que si pero que no se disparó. Mentira. Después que sí que se disparó pero más tarde. Mentira, otra vez. ¿Cómo sabemos que todo esto es mentira? Por la prensa independiente que había en el lugar. Y gracias a los vídeos ha tenido que dimitir el responsable de los antidisturbios, Sergi Pla, y casi lo hace el propio Felip Puig.

No pido que os caigamos especialmente bien. Pero, dejadnos trabajar. Hoy en día informar, difundir y concienciar es el campo de batalla de unos cuantos que creemos en la democracia real, en la libertad de prensa y en la libertad de opinión. Y que creemos que el cambio, este reset global tan necesario, se podrá conseguir despertando conciencias. Y nuestras herramientas para hacerlo son el teclado de un ordenador, una libreta, un boli y la cámara, ese aparato que repudiáis y reclamáis según gira el viento.

Acabo, subrayando que este artículo va dirigido a aquellos que mantienen esta actitud beligerante con la prensa, no a la totalidad de los manifestantes. Personas a las que, entendiendo los momentos de tensión que viven y su radical crítica a los medios de comunicación tradicionales (que compartimos muchos periodistas), invito a reflexionar sobre esta cuestión. Y en caso de no estar de acuerdo, la conversación sosegada es mucho más placentera y funcional que los abucheos dirigidos desde la unidireccional y anónima masa.

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