De los inicios, de Carles Quílez y de una revista escolar que no existía

Diez años atrás empecé la carrera de periodista. No fue en la universidad, pues sólo tenía dieciséis años. Decidí ir al grano y dedicar alguna tarde a telefonear a periodistas radiofónicos para hacerles entrevistas que supuestamente debían publicarse en la revista de la escuela donde estudiaba. Ciertamente, tal publicación no existía, pero esta pequeña mentira me permitió conocer periodistas y comunicadores que para mí, en ese momento, se convirtieron en mis referentes. Recuerdo con especial cariño la entrevista que le hice a Carles Quílez, periodista de la crónica negra que entonces trabajaba en los servicios informativos de la Cadena SER. Primavera de 2002, y Carles acababa de publicar su primer libro, Atradacadores. La historia de unos delincuentes que marcaron toda una época del crimen en Barcelona. Once historias apasionantes, documentadas con exactitud y que rezumaban un conocimiento tan cercano de lo que se contaba que en aquel momento me dio la impresión de que el Quílez bien podría ser uno de esos que protagonizaban sus reportajes. Me recibió en los estudios de Radio Barcelona, ​​situada entonces provisionalmente frente al mercado de la Boqueria, en Las Ramblas, ya que las históricas instalaciones de la calle Caspe estaban en reforma. Estuvimos cerca de una hora encerrados en un pequeño estudio de grabación, yo con las preguntas bien anotadas en la libreta y más pendiente de saber qué decir cuando terminara su intervención (que grababa con una Panasonic mini-cassette) que de escuchar lo que decía. “Para Eric, con afecto, tras la entrevista más inteligente que nadie me ha hecho. C.Q.L. 2002 “. De esta manera me dedicó el libro y, ahora que ya han pasado diez años, supongo que esta dedicatoria llevaba una segunda intención bien clara: animarme a seguir con esto del periodismo. Y lo logró. Son de esos pequeños detalles de la vida que nunca sabrás si han sido determinantes o no para tu trayectoria, pero en todo caso lo fue mucho más que aquellos profesores que en la Autónoma me adoctrinaban para ser un robot al servicio de los teletipos de EFE y Europa Press y las notas de prensa de la Generalitat y el Ayuntamiento de turno. Me quedo con una frase de su libro, de aquellas que te encienden la lucecita y te hacen salir a la calle, sentir la profesión y borran las barreras que los periodistas a menudo nos autoimponemos por comodidad o por miedo:

Sé cómo huelen las comisarías, los Cuarteles, los coches K, las galerías de tiro, los putiferios más sórdidos, los pisos franco, la humedad de los calabozos y el Chanel n º 5 en el cuello de una mujer de 100.000 pesetas la media hora.

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