¿Os acordáis del volcán Eyjafyalla? Hoy he encontrado un trocito en casa

Removiendo los cajones del escritorio hoy he encontrado una piedra bastante curiosa y de un color rojo encendido muy adecuado teniendo en cuenta su origen. ¿Os acordáis del volcán Eyjafyalla? Aquel que durante unos días del mes de marzo de 2010 paralizó el tráfico aéreo europeo y dejó en el suelo más de 20.000 vuelos programados. Pues bien, la piedra es de uno de los dos cráteres que protagonizaron la erupción de hace dos años. Del más chiquito, cercano del refugio de Fimmvörðuháls, una casita de madera situada en medio de dos glaciares a unos mil metros de altura.
Llegué a este paraje por primera vez a mediados de agosto de este pasado verano. Trabajaba de guía del trekking de Laugavegur y los clientes que llevaba quisieron hacer la etapa extra que nos llevaría hasta el cráter del volcán y luego hasta el salto de agua de Skógar. Se trataba de una etapa dura: dos mil metros de desnivel acumulado, bolsa bien cargada en la espalda, treinta kilómetros por delante, unos sobres de sopa para comer y más de diez horas de viaje, si todo iba bien. En medio de una belleza natural extrema el hecho de tener que ir avanzando en lugar de quedarte boquiabierto hace que a menudo pases más tiempo con la vista puesta en el camino que no prestando atención a lo que te rodea. Después de una cuesta de doscientos metros infernales y de superar el umbral de los mil metros, recuerdo que el camino se hizo más soportable y eso nos permitió respirar un rato. De repente, descubrimos un valle inhóspito. Allí nos detuvimos un buen rato. Ante nosotros teníamos una lengua de lava solidificada de reciente formación que aún humeaba. Eran las consecuencias de la erupción y el suelo aún estaba caliente pero ya se podía caminar por encima. Al fondo, una pequeña montañita de no más de cien metros. Era el cráter del volcán que había detenido los vuelos de media Europa (es el que se aprecia en la fotografía que encabeza este párrafo). No lo suelo hacer, más que nada porque supone añadir más peso a la mochila, pero aquel día no pude evitar coger un pedrusco que me ayudara a rememorar aquel silencio y aquel olor excepcional. Hoy la he encontrado y el valle callado y el azufre han vuelto.

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